6 de febrero de 2012

El aguardiente



Historia. Existen, fundamentalmente, dos tipos de Aguardiente. En primer lugar, está el proveniente de antiquísimas y mágicas pociones celtas, (Agua ardiente: agua que produce ardores de variable intensidad) las cuales van desde las preparaciones altamente tóxicas (venenos) hasta aguas balsámicas, afrodisíacas; así como también aguas azucaradas, coloreadas con extractos de plantas y plumas de aves, que eran usadas como refrigerios.

Algunas de estas añejas fórmulas han sobrevivido hasta nuestros días gracias a la labor paciente de algunos eremitas, quienes por generaciones fungieron, y continúan fungiendo, como guardianes de tales recetas. Entre estos podríamos destacar al sabio monje del siglo II A.C Bor Asho, de origen posiblemente irlandés, quien no sólo resguardó celosamente las recetas originales (encontradas tanto en delicados pergaminos como talladas en rocas), sino que además aprendió a preparar muchas de ellas, convirtiéndose en un experto y consuetudinario catador de las mismas.

El otro tipo encontrado es de origen americano, el cual, a su vez, se subdivide en dos subtipos: en primer lugar, las preparaciones medicinales utilizadas por los antiguos odontólogos precolombinos (Agua ar diente – agua al diente). Estas aguas, de efectos anestésicos, eran utilizadas para calmar el dolor de los pacientes al ser aplicadas directamente en las piezas dentales dañadas. Asimismo existía el Aguardiente alimenticio (Agua ar dente – agua al dente), el cual consistía en un plato que era preparado en épocas de escasez usando únicamente agua común, la cual, tras algunos ritos ignotos, era puesta, en ollas de plata o bronce, a un fuego mirífico, que sólo podía ser encendido por los iniciados en tales secretos, hasta que alcanzaba una consistencia que la hacía comestible.

© Manuel Rodriguez Diaz


30 de enero de 2012

Temporal


Todo es temporal
Todo es temporal
Todo es temporal

Temporalmente

Por un rato





© Manuel Rodriguez Diaz 2010-2012



23 de enero de 2012

El agua hirviendo


El maravilloso descubrimiento del agua hirviendo fue hecho por el muy anciano cocinero de la corte de los primeros reyes de una desaparecida civilización que habitó en vastas regiones de la antigua Galia.

Un sábado por la tarde, a eso de las seis, la hermosa e imponente soberana de aquellos parajes, llamada Lahd Illa, determinó, tal como era su costumbre, ofrecer un esplendoroso banquete, haciendo correr a sus centenares de esclavos y sirvientes para poner todo a punto en muy corto tiempo, de manera que su reina y señora, quien no paraba de dar ordenes a gritos destemplados, deslumbrara a sus invitados.

Es el caso que, el muy anciano cocinero, aturdido por la premura de su ama y ya perdiendo sus facultades, en lugar de poner al fuego los enormes pescados que asaría (*) montó en su lugar la olla donde remojaba las vísceras de estos, las cuales serían servidas, fritas en aceite de castor, como abrebocas, y, quedándose dormido, olvidó por completo su labor, permitiendo de esta forma que el agua alcanzara las condiciones necesarias, y desconocidas hasta entonces, para burbujear.

(*) El nombre de estos peces aparece borroso y prácticamente ilegible en los antiguos pergaminos. Se presume que se trataba de bagres.

© Manuel Rodriguez Diaz