viernes 6 de noviembre de 2009

Orígenes 4 - La cornucopia

Orígenes 4
El pálido José


La cornucopia


Cuenta la leyenda que el creador de la primera cornucopia fue un hombre joven llamado Bahm Biih, cuya esposa, llamada Puth Ish Ihma, gustaba de dar largos paseos por los bosques, para distraerse contemplando los hermosos e imponentes árboles y las cristalinas aguas de arroyitos y lagunas, acompañada siempre, y para su protección, de algunos de sus muchos amigos mientras su esposo se ocupaba de las labores del campo o se iba a pelear en alguna guerra por ahí.

Esto ocurría en alguna apartada región de Europa, donde parece que ocurría casi todo en la antigüedad y, fue hace tanto, que aún no inventaban la bombarda ni el aguamanil.

Las viejas lavanderas de la comarca donde vivía esta pareja, siempre tan dispuestas a hablar de lo que no les importa, una tarde, junto al rió, comentaban en alta voz, riendo y soltando insinuaciones de doble sentido, que el joven guerreo y labrador no necesitaba usar casco en las batallas y que mas bien podría usar su cabeza como filosa arma de combate, de tan acerados que eran los cuernos que disponía.

En ese momento pasaba por allí el susodicho, acertando a escuchar los comentarios malsanos. Simulando no haber oído nada en absoluto, saludó a las damas con un leve gesto mientras decía para sus adentros que jamás un hijo de su padre viviría con tal vergüenza.

Al llegar a casa tomó una firme decisión: pagaría con la misma moneda. Fue al cobertizo que tenía en el patio, donde guardaba cualquier cantidad de cachivaches, asió firmemente un viejo cuerno de alce, heredado de su tatarabuelo, y valido de cuerdas y usando un rudimentario pero efectivo pegamento hecho a base de resinas de roble, lo fijó a un herrumbrado yelmo que guardaba como recuerdo de su primera batalla.

Al filo de la medianoche entró a tientas en su habitación, llevando en sus manos el espantoso casco y lo ajustó en la cabeza de su mujer mientras esta dormía, cuidando, con éxito, no romper su sueño.

Al amanecer, Puth Ish Ihma, o Puth, como la conocían familiarmente, despertó sintiendo un extraño peso sobre sus hombros. Incorporándose del borde del lecho, donde estuvo sentado toda la noche Bahm Biih, mirándola a los ojos, le dijo con voz pausada que, dado que por su causa él portaba una cornamenta había confeccionado con sus manos una copia fiel de la misma para que ella, siendo su esposa, la usara de ahora en adelante para que de esta manera siguieran compartiéndolo todo, tanto lo bueno como la malo, tal como juraron ante la druida algunas lunas atrás.

© Manuel Rodriguez Diaz



jueves 5 de noviembre de 2009

Tropiezo



Tropiezo y no caigo porque me quedan
Latentes
Los pasos en la memoria

Miro el vacío y no miro nada
Miro el conjunto de filosofías arrechísimas
sumadas al vapor de un libro etílico
La orquestada pretensión de conjurar
despertando ritmos nuevos

Tropiezo y no caigo
porque aprendí cada centímetro del manual
“Cómo no caer al piso molestando a las personas”

Miro más hondo
Hay nada
Y es tanta
Y está oscuro

Y sonriente levanto la vista
con ganas de fingir que quiebro tres verbos de un sólo carajazo


© Manuel Rodriguez Diaz



martes 3 de noviembre de 2009

Pa´lante y pa´tras

Manuel Rodriguez Diaz

A veces el abismo se acerca tanto al pie que el pie se pregunta si no será mejor moverse un poquito para atrás.

Federico (nombre falso y que no esconde la identidad de ningún personaje conocido al tratarse de uno de pura y simple invención), estaba empeñado en guiar a su familia hacia los vastos territorios que colmaban su fantasía, los cuales conocía de memoria ya que los visitaba en cada sueño y también en cada vigilia.

Esos lugares llenos de verdor y exuberancia habrían de convertir sus vidas en homenajes a la paz, la alegría, el amor, la solidaridad, las arepas bajo el brazo, el pan de piquito y etc.

Al Federico esperanzado, febril y elocuente que cada mañana, cada día y cada noche importunaba a los suyos con sus largas divagaciones tratando de convencerlos de seguir sus pasos, no le importaba que ya muchos Federicos, Pedros y Romulos (todos nombres ficticios) hubiesen transitado por similares rutas de idílica inconsciencia, matando de hambre a unos cuantos de aquellos que se dejaron llevar.

Cuando los días amanecían muy soleados o las noches anochecían con mucha luna, las ansias de Federico por sentirse guerrero, sabio, líder y chofer de su tropa le hacían gritar proclamas inflamadas con la intención de lanzarse de una vez a la conquista de aquellos horizontes que tanto anhelaba alcanzar, y amenazaba con severos castigos a los que se negaban a acompañarle en su ciega carrera hacía el absurdo.

Pero cada vez eran más los que entre su familia se resistían a realizar lo que empezaban a comprender como una locura, enrareciéndose la atmosfera con los gases emanados de la ira de un Federico frustrado en sus intenciones.

Al pasar los sofocones, el aspirante a visionario y paladín se sumergía en las brumas de un abstraído sopor del cual emergía, a veces varios días después, como si nada hubiese ocurrido y entonces, con calmada voz y articulada facundia, elogiaba a quienes antes había vituperado y decía a su otra vez cautivada familia que sí, que por supuesto que habrían de dirigirse al paraíso soñado, sólo que tomarían el camino más largo evitando, por los momentos, lanzarse de bruces por el escabroso barranco por el que a punto estuvieron de caer.



© 2009 Manuel Rodriguez Diaz


domingo 1 de noviembre de 2009

El Planeta