Historia. Existen, fundamentalmente, dos tipos de Aguardiente. En primer lugar, está el proveniente de antiquísimas y mágicas pociones celtas, (Agua ardiente: agua que produce ardores de variable intensidad) las cuales van desde las preparaciones altamente tóxicas (venenos) hasta aguas balsámicas, afrodisíacas; así como también aguas azucaradas, coloreadas con extractos de plantas y plumas de aves, que eran usadas como refrigerios.
Algunas de estas añejas fórmulas han sobrevivido hasta nuestros días gracias a la labor paciente de algunos eremitas, quienes por generaciones fungieron, y continúan fungiendo, como guardianes de tales recetas. Entre estos podríamos destacar al sabio monje del siglo II A.C Bor Asho, de origen posiblemente irlandés, quien no sólo resguardó celosamente las recetas originales (encontradas tanto en delicados pergaminos como talladas en rocas), sino que además aprendió a preparar muchas de ellas, convirtiéndose en un experto y consuetudinario catador de las mismas.
El otro tipo encontrado es de origen americano, el cual, a su vez, se subdivide en dos subtipos: en primer lugar, las preparaciones medicinales utilizadas por los antiguos odontólogos precolombinos (Agua ar diente – agua al diente). Estas aguas, de efectos anestésicos, eran utilizadas para calmar el dolor de los pacientes al ser aplicadas directamente en las piezas dentales dañadas. Asimismo existía el Aguardiente alimenticio (Agua ar dente – agua al dente), el cual consistía en un plato que era preparado en épocas de escasez usando únicamente agua común, la cual, tras algunos ritos ignotos, era puesta, en ollas de plata o bronce, a un fuego mirífico, que sólo podía ser encendido por los iniciados en tales secretos, hasta que alcanzaba una consistencia que la hacía comestible.
© Manuel Rodriguez Diaz
