martes 3 de noviembre de 2009

Pa´lante y pa´tras

Manuel Rodriguez Diaz

A veces el abismo se acerca tanto al pie que el pie se pregunta si no será mejor moverse un poquito para atrás.

Federico (nombre falso y que no esconde la identidad de ningún personaje conocido al tratarse de uno de pura y simple invención), estaba empeñado en guiar a su familia hacia los vastos territorios que colmaban su fantasía, los cuales conocía de memoria ya que los visitaba en cada sueño y también en cada vigilia.

Esos lugares llenos de verdor y exuberancia habrían de convertir sus vidas en homenajes a la paz, la alegría, el amor, la solidaridad, las arepas bajo el brazo, el pan de piquito y etc.

Al Federico esperanzado, febril y elocuente que cada mañana, cada día y cada noche importunaba a los suyos con sus largas divagaciones tratando de convencerlos de seguir sus pasos, no le importaba que ya muchos Federicos, Pedros y Romulos (todos nombres ficticios) hubiesen transitado por similares rutas de idílica inconsciencia, matando de hambre a unos cuantos de aquellos que se dejaron llevar.

Cuando los días amanecían muy soleados o las noches anochecían con mucha luna, las ansias de Federico por sentirse guerrero, sabio, líder y chofer de su tropa le hacían gritar proclamas inflamadas con la intención de lanzarse de una vez a la conquista de aquellos horizontes que tanto anhelaba alcanzar, y amenazaba con severos castigos a los que se negaban a acompañarle en su ciega carrera hacía el absurdo.

Pero cada vez eran más los que entre su familia se resistían a realizar lo que empezaban a comprender como una locura, enrareciéndose la atmosfera con los gases emanados de la ira de un Federico frustrado en sus intenciones.

Al pasar los sofocones, el aspirante a visionario y paladín se sumergía en las brumas de un abstraído sopor del cual emergía, a veces varios días después, como si nada hubiese ocurrido y entonces, con calmada voz y articulada facundia, elogiaba a quienes antes había vituperado y decía a su otra vez cautivada familia que sí, que por supuesto que habrían de dirigirse al paraíso soñado, sólo que tomarían el camino más largo evitando, por los momentos, lanzarse de bruces por el escabroso barranco por el que a punto estuvieron de caer.



© 2009 Manuel Rodriguez Diaz