Orígenes 5
El pálido José
Este muchacho descubrirá el hilo negro, ¡qué inteligente es!...
Así afirmaban con orgullo las madres cuyos niños lucían particularmente despiertos, en los lejanos días cuando el hilo negro no había sido descubierto.
Indy y Ana Jones, pareja de arqueólogos, exploradores y, hay que decirlo, saqueadores de antiguos tesoros; aventurados a la caza de mitos y leyendas de todos los continentes y determinados a descubrir misterios ocultos en el tiempo, lograron hallar, tras profundas excavaciones realizadas sin ningún tipo de permiso, una serie de textos trabajosamente tallados en una especie de discos de roca lisa, que narran lo que parece ser el primer concurso destinado a promover la inventiva, el cual se realizaba milenios atrás, en una región de América del sur que se presume hoy forma parte del Uruguay.
El concurso era llamado Amereka, en honor al lema de un legendario inventor pre- incaico cuyo nombre es impronunciable hoy en día, al aparecer escrito en signos irreconocibles.
Para el ganador de la competición se destinaba un premio pagadero en caparazones de tortuga, pieles de jaguar y todas las esposas que pudiera mantener, además de las regalías provenientes de la comercialización del producto resultante de su ingenio y laboriosidad.
Fue así como un martes de mayo del año 114 (obviamente de acuerdo al calendario de aquella antigua civilización), a eso de las 5:35 de la tarde, el anciano Derviche que presidía el Gran Jurado del torneo, además de presidir el Consejo de Ancianos, la Asociación de Guerreros Jubilados, el Comité de Pesca y el Colegio de Derviches, anunció con clara y potente voz, con una capacidad pulmonar sorprendente a sus años, al vencedor de aquella edición de tan interesante certamen.
Se trataba de un mozalbete, de quince años a lo sumo, quien, harto de lucir un descosido taparrabos color ceniza con remiendos en verde y azul, y escuchando a diario las quejas de su madre, miembro de la Asociación de Costureras, por no disponer de hilos de mejor calidad y de colores más versátiles y adaptables, se dedicó en cuerpo y alma durante varias lunas a conseguir el hallazgo que le inmortalizaría en la historia de su gente.
No fueron pocas las noches en vela ni fueron leves las burlas de sus amigos, quienes no podían evitar reírse al verlo atareado en tan femenil ocupación, pero al fin alcanzó su terco objetivo: producir centenares de madejas del ansiado hilo Bruno; una búsqueda que había obsesionado a sus antepasados durante siglos.
El método empleado por el juvenil inventor no fue publicado por los descubridores del hasta entonces perdido secreto; tal parece que esperan revelarlo en una gran película, una vez que les paguen un montón de dólares por los derechos.
El pálido José
El hilo negro
Este muchacho descubrirá el hilo negro, ¡qué inteligente es!...
Así afirmaban con orgullo las madres cuyos niños lucían particularmente despiertos, en los lejanos días cuando el hilo negro no había sido descubierto.
Indy y Ana Jones, pareja de arqueólogos, exploradores y, hay que decirlo, saqueadores de antiguos tesoros; aventurados a la caza de mitos y leyendas de todos los continentes y determinados a descubrir misterios ocultos en el tiempo, lograron hallar, tras profundas excavaciones realizadas sin ningún tipo de permiso, una serie de textos trabajosamente tallados en una especie de discos de roca lisa, que narran lo que parece ser el primer concurso destinado a promover la inventiva, el cual se realizaba milenios atrás, en una región de América del sur que se presume hoy forma parte del Uruguay.
El concurso era llamado Amereka, en honor al lema de un legendario inventor pre- incaico cuyo nombre es impronunciable hoy en día, al aparecer escrito en signos irreconocibles.
Para el ganador de la competición se destinaba un premio pagadero en caparazones de tortuga, pieles de jaguar y todas las esposas que pudiera mantener, además de las regalías provenientes de la comercialización del producto resultante de su ingenio y laboriosidad.
Fue así como un martes de mayo del año 114 (obviamente de acuerdo al calendario de aquella antigua civilización), a eso de las 5:35 de la tarde, el anciano Derviche que presidía el Gran Jurado del torneo, además de presidir el Consejo de Ancianos, la Asociación de Guerreros Jubilados, el Comité de Pesca y el Colegio de Derviches, anunció con clara y potente voz, con una capacidad pulmonar sorprendente a sus años, al vencedor de aquella edición de tan interesante certamen.
Se trataba de un mozalbete, de quince años a lo sumo, quien, harto de lucir un descosido taparrabos color ceniza con remiendos en verde y azul, y escuchando a diario las quejas de su madre, miembro de la Asociación de Costureras, por no disponer de hilos de mejor calidad y de colores más versátiles y adaptables, se dedicó en cuerpo y alma durante varias lunas a conseguir el hallazgo que le inmortalizaría en la historia de su gente.
No fueron pocas las noches en vela ni fueron leves las burlas de sus amigos, quienes no podían evitar reírse al verlo atareado en tan femenil ocupación, pero al fin alcanzó su terco objetivo: producir centenares de madejas del ansiado hilo Bruno; una búsqueda que había obsesionado a sus antepasados durante siglos.
El método empleado por el juvenil inventor no fue publicado por los descubridores del hasta entonces perdido secreto; tal parece que esperan revelarlo en una gran película, una vez que les paguen un montón de dólares por los derechos.
© Manuel Rodriguez Diaz

