lunes 9 de noviembre de 2009

Los viejos extraños

Los viejos amigos pueden llegar a convertirse en nuevos extraños si se les pierde de vista por mucho rato. Descansas en la confianza que te dan los años de amistad, en las coincidencias que generaron esa afinidad, pero pasas un tiempo fuera de foco y aquella persona que sabías del Caracas se ha cambiado al Magallanes, de millonario a xenense, de merengue a culé.

Cuando se vive a plazos se tiene a los amigos ubicados por sectores en nuestro mapa mental. Así mantenemos en un cuadrito a los amiguitos de la infancia, los cuales lo fueron hasta la mudanza, el cambio de colegio o cualquier otra causa más cercana a las decisiones de los adultos que a los deseos que teníamos y en su cuadro respectivo a los amigos de los intensos años de transiciones y vivencias, que fueron los primeros escarceos en busca de independencia y adultez.

Ya de adultos la cosa cambia un poco, ya es más difícil que alguien produzca un impacto demasiado fuerte en nuestras vidas. Andamos auto enfocados, corriendo como desesperados por llegar a donde queremos antes que el tiempo se ría de nosotros y nos toque el timbre de salida.

Los amigos de siempre se te hacen extraños un día y ni te das cuenta cuando pasó. Llamas por teléfono una tarde y una voz difícilmente reconocida te pregunta por la novia que te dejó hace cinco años, como si hubiera ocurrido la semana pasada. Le tratas de contar acerca de en qué andas y no te cree, porque se ha quedado con una imagen tuya que se ha borrado y que ya no volverá. Cuelgas y, aunque no quieras, sabes que en materia de amistades te tocará buscar un nuevo mapa y encontrar una nueva dirección hacia donde moverte.


© Manuel Rodriguez Diaz