Orígenes 2
El pálido José
El pálido José
La rueda
Se cuenta, en la más remota tradición oral rescatada por los primeros investigadores de las antiguas culturas, que la rueda fue inventada por uno que estaba muy apurado.
Se hallaba en labores de cacería un grupo de habitantes de las montañas y valles de lo que hoy es Europa central, cuando uno de ellos, tras ayudar a sus compañeros a dar muerte a un enorme Mamut, atribulado como estaba por el hambre no pude resistirse y, haciendo uso de su incisiva y poderosa hacha de mano, confeccionada días antes con la más filosa piedra que encontró, destazó un trozo de uno de los costados del gigantesco animal y lo comió sin antes lavarse las manos en el río más cercano ni cumplir ninguna otra de las normas que mandaba el Instituto de Higiene Pública de su comunidad.
Las consecuencias de su imprudencia no se hicieron esperar y al cabo de un rato el cazador en cuestión se vio en la apremiante obligación de ir al baño. Hallándose tan lejos de su cueva, la necesidad aguzó su ingenio, llevándole a tomar su hacha una vez más, esta vez para derribar un árbol con la intención de improvisar un refugio y además hacer uso de las hojas, con la suerte que, al caer el tronco, vino a fijarse en la redondez de una de las ramas por lo que decidió trocearla en cuatro círculos los cuales al clavarlos, con el improvisado martillo de estalactita que siempre llevaba consigo, a los costados del madero, le fueron útiles para, en un rapto de inspiración, no sólo inventar la rueda sino también un rudimentario carro con el cual rodó, colina abajo y a toda prisa, hasta las instalaciones sanitarias de su vecindario.
Se hallaba en labores de cacería un grupo de habitantes de las montañas y valles de lo que hoy es Europa central, cuando uno de ellos, tras ayudar a sus compañeros a dar muerte a un enorme Mamut, atribulado como estaba por el hambre no pude resistirse y, haciendo uso de su incisiva y poderosa hacha de mano, confeccionada días antes con la más filosa piedra que encontró, destazó un trozo de uno de los costados del gigantesco animal y lo comió sin antes lavarse las manos en el río más cercano ni cumplir ninguna otra de las normas que mandaba el Instituto de Higiene Pública de su comunidad.
Las consecuencias de su imprudencia no se hicieron esperar y al cabo de un rato el cazador en cuestión se vio en la apremiante obligación de ir al baño. Hallándose tan lejos de su cueva, la necesidad aguzó su ingenio, llevándole a tomar su hacha una vez más, esta vez para derribar un árbol con la intención de improvisar un refugio y además hacer uso de las hojas, con la suerte que, al caer el tronco, vino a fijarse en la redondez de una de las ramas por lo que decidió trocearla en cuatro círculos los cuales al clavarlos, con el improvisado martillo de estalactita que siempre llevaba consigo, a los costados del madero, le fueron útiles para, en un rapto de inspiración, no sólo inventar la rueda sino también un rudimentario carro con el cual rodó, colina abajo y a toda prisa, hasta las instalaciones sanitarias de su vecindario.
© Manuel Rodriguez Diaz

