Manuel Rodriguez Diaz
Algunos andan por ahí con más ínfulas que alcalde de pueblo. Inflados, vanos, regando por doquier su significativo aporte a la siempre abundante mediocridad. No serían realmente notorios, que no notables, de no ser por su obstinada persistencia en hacerse visibles, y audibles, haciendo patente una necesidad enfermiza de gritar: ¡Epa! Mírenme. Aquí. Vean cuan importante soy.
Estos seres pasan, poco o mucho después de sus días soleados, por etapas en las que llegan hasta a inspirar una suerte de risible pena ajena. Ahí, cuando se dan cuenta que se les agotó la importancia que imaginaban tener pero ya no saben comportarse distinto a sus arrogantes maneras.
Primero niegan lo evidente. No asumen que sus acólitos han dado la vuelta y se han ido a adular a otra parte y que la máscara de respeto que le mostraban a su paso se ha caído dejando a la vista una burla, mal disimulada al principio, que se va haciendo más y más hiriente conforme camina el tiempo.
Luego se hace peor. Vienen los accesos de rabia y los espectáculos públicos que brindan gratuitamente, en los que, a grandes voces, tratan de inflar su ya tan maltrecho ego demandando la vuelta de los privilegios y prebendas que solían usufructuar.
Posteriormente el ocaso es, si cabe, aún más patético. Ya no tienen voz para gritar y, de tenerla, no hay quien les aguante un grito.
En verdad es penoso ver rodar un balón desinflado.
Algunos andan por ahí con más ínfulas que alcalde de pueblo. Inflados, vanos, regando por doquier su significativo aporte a la siempre abundante mediocridad. No serían realmente notorios, que no notables, de no ser por su obstinada persistencia en hacerse visibles, y audibles, haciendo patente una necesidad enfermiza de gritar: ¡Epa! Mírenme. Aquí. Vean cuan importante soy.
Estos seres pasan, poco o mucho después de sus días soleados, por etapas en las que llegan hasta a inspirar una suerte de risible pena ajena. Ahí, cuando se dan cuenta que se les agotó la importancia que imaginaban tener pero ya no saben comportarse distinto a sus arrogantes maneras.
Primero niegan lo evidente. No asumen que sus acólitos han dado la vuelta y se han ido a adular a otra parte y que la máscara de respeto que le mostraban a su paso se ha caído dejando a la vista una burla, mal disimulada al principio, que se va haciendo más y más hiriente conforme camina el tiempo.
Luego se hace peor. Vienen los accesos de rabia y los espectáculos públicos que brindan gratuitamente, en los que, a grandes voces, tratan de inflar su ya tan maltrecho ego demandando la vuelta de los privilegios y prebendas que solían usufructuar.
Posteriormente el ocaso es, si cabe, aún más patético. Ya no tienen voz para gritar y, de tenerla, no hay quien les aguante un grito.
En verdad es penoso ver rodar un balón desinflado.
© Manuel Rodriguez Diaz

