miércoles 23 de septiembre de 2009

El deseo de ganar

Manuel Rodriguez Diaz


La ferocidad que despierta el deseo de ganar a toda costa abre la puerta para que se desate, y salga huyendo a toda velocidad, cualquier escrúpulo.

De nada le ha valido a unos cuantos atletas la ingenua admiración que reciben de sus fanáticos y arriesgan la salud y la vida, inyectándose cuanta vaina crean les pueda servir para mejorar un rendimiento profesional que ya era bastante bueno.

En la política también puede hallarse ejemplos de personajes que, aunque no recurran a esteroides anabolizantes o a la hormona del crecimiento, buscan la forma de extender sus carreras algunos años más, disfrazando sus discursos o escudándose detrás de otros rostros, de familiares o tal vez cónyuges, esperando utilizarlos como plataformas para un soñado regreso triunfal a la palestra.

Por llegar primero se ha hecho con la mano lo que debía hacerse con los pies (y se le ha atribuido a esta propiedades divinas), se han roto compromisos y huesos y, de acuerdo con la historia, hasta se ha hecho correr una que otra gota de algún veneno.

El deseo de ganar, la intención y el empeño en logar objetivos no son, para nada, nocivos en sí, pero cuando no existen reales ambiciones sino afanes narcisistas o se pretende prolongar más allá de lo razonable capacidades finitas, un brillante historial puede terminar sentado en un banco, escrutado por miradas desaprobadoras y apuntado por el dedo acusador de la hipocresía.


© 2009 Manuel Rodriguez Diaz